OAXAPPENING? GENTRIFICACIÓN Y MERCANTILIZACIÓN DE LA CULTURA

Pese a ser considerado uno de los estados más ricos del país en cuanto a cultura, Oaxaca es también la tercera entidad de la república mexicana con mayor índice de pobreza laboral por debajo de Chiapas y Guerrero. La vida para los habitantes del estado experimenta desde hace un par de años, cambios drásticos derivados del fenómeno de gentrificación que se mueve al interior de la ciudad capitalina.

A partir de la rehabilitación y remodelación de las antiguas construcciones del Centro Histórico y barrios populares como Jalatlaco y Xochimilco, la demanda inmobiliaria ha crecido de manera exponencial, provocando que estos espacios pasen del uso doméstico a convertirse en alojamientos turísticos o establecimientos comerciales, incrementando el valor de las propiedades y la renta, en consecuencia muchas familias que por generaciones habitaron las principales zonas de la ciudad, han tenido que desplazarse a la periferia, donde sí les alcance para vivir.

Contrario a lo que se piensa, la llegada de los “nómadas digitales” agudiza la desigualdad económica que se vive en Oaxaca. Mientras estos visitantes extranjeros trabajan de manera remota en territorio mexicano, reciben un salario en dólares que les otorga un poder adquisitivo mayor, por encima de los habitantes locales, haciendo que la vida sea cada vez más cara para quienes ganan en pesos mexicanos.

Los empresarios turísticos son quienes mayor provecho obtienen de esta situación y los causantes de montar una puesta en escena ilusoria de lo que es Oaxaca: papel picado, calles empedradas y fachadas coloniales.

 Además de la historia y la gastronomía, las “experiencias” se han convertido en uno de los principales atractivos turísticos. Parece ser que a los turistas extranjeros les resulta cautivador la idea de un safari cultural, que promete conocer de cerca a los artesanos y lugareños de los pueblos oaxaqueños. Un recorrido que romantiza la pobreza y disimula las carencias que se viven diariamente en estos lugares en temas como el acceso a los servicios de salud, educación y justicia.

La folklorización de las comunidades indígenas oaxaqueñas desde un discurso paternalista que pretende reconocer y visibilizar, ha contribuido significativamente a este negocio vinculado directamente con el extractivismo cultural, que no es más que el plan maquiavélico del extranjero que viaja al pueblo mágico y multicolor para inspirarse y entablar relaciones que le permitan sustraer saberes, procesos y técnicas propias de los artesanos para luego replicarlos, adjudicarse el crédito y generar ganancias de convertir elementos identitarios en meros productos de aparador.

Las instituciones gubernamentales como la Secretaria de Turismo y la Secretaría de las Culturas y Artes de Oaxaca no se quedan atrás, son las primeras en alardear que el mundo está volteando a ver a Oaxaca y que cada vez son más los visitantes que llegan al estado para conocer su riqueza cultural. La Guelaguetza, mal llamada “fiesta de todos los oaxaqueños” se ha convertido en el producto estrella para atraer al turismo.

Tan solo en 2022 el Gobierno del estado presumió de una derrama económica de 463 millones de pesos, durante los meses de julio y agosto; además de un incremento de 12.20 por ciento, en comparación con las cifras registradas en 2019, último año que se realizó la Guelaguetza de manera presencial. Sin embargo, el Consejo Nacional de Evaluación en su reporte del tercer trimestre del mismo año, ubicó a Oaxaca como la tercera entidad del país con mayor índice de pobreza laboral con un 62.5 por ciento.

El problema con el discurso del crecimiento económico a través del turismo es que nunca se especifica el impacto que tienen estas cifras en la población oaxaqueña, y la mayoría de las veces la distribución es asimétrica, siendo los empresarios dueños de hoteles, restaurantes, servicios de transporte privado y agencias de viajes quienes terminan por llevarse la mayor parte de estos recursos.

Es evidente que para el Gobierno del estado se ha vuelto una prioridad satisfacer las necesidades del turismo para asegurar la tan anhelada derrama económica, antes que atender y dar resolución a las demandas del propio pueblo oaxaqueño, que por años se ha mantenido en resistencia, exigiendo justicia ante la violencia sistemática que vulnera diariamente a su gente.



Una pared en el Centro Histórico de Oaxaca





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